San Pedro, detrás de un montón de papeles atrasados, le dedicó el tipo de mirada que sólo alguien que lleva toda la eternidad realizando una tarea que ya al principio le parecía burda y repetitiva y que ha descubierto que los años no le ofrecían un nuevo punto de vista sabría dedicar.
- Ya le he dicho -dijo de forma brusca- que usted no ha hecho nada tan bueno como para ganarse el Cielo ni nada tan malo como para condenarse al Infierno.
Como no era una respuesta que, en el fondo, diese demasiada información, Arthur volvió a preguntar.
- Y ahora, ¿qué? ¿al Limbo?
- Normalmente, así sería. Pero mi nuevo sucesor ha dicho que no existe, por lo que...
- ¿Qué?
- Puede escoger entre entrar al Cielo o al Infierno -dijo, como si la cuestión requiriese pensar demasiado.
Como a nadie le gusta estar solo, escogió la segunda opción.
Cuando el Infierno se materializó delante suya, lo hizo de una forma estruendosa y cara, que de haber sido suprimida podría haber alimentado a todo el Tercer Mundo durante lo que queda hasta el día del Juicio.
Lo hizo de la forma más horrible y despiadada que algún ser con dos dedos de frente podría haber imaginado.
Todo seguía igual.
Era una sensación desconcertante, los ríos de lava parecían haberse convertido en una autopista de ocho carriles alrededor de la cual habían proliferado las estaciones de servicio.
Había muerto allí, en la cuneta. Ahora mismo no recordaba cómo, pero el hecho de haberse materializado en el lugar exacto de su muerte le ofrecía una línea de pensamiento curiosa que seguir.
Una vez terminado el recuento, podía afirmar dos cosas; (a) él se había materializado allí entero, por supuesto. También, por lo que podía recordar, había muerto entero, físicamente hablando.
Y (b) no sabía qué pasaba en caso de no haber muerto entero. Es decir, suponiendo que allí en el Cielo la gente se materializase entera y detrás de unas Puertas de San Pedro convenientemente cerradas, podría entenderse un final lógico para esa gente.
Pero de todas formas, si un terrorista islámico se hacía volar por los aires y (¡diantre!) era condenado al Infierno, ¿cómo demonios iba a materializarse?
Y, aún más importante, ¿ésas eran bolsas de ganchitos?
Se levantó: aún conservaba la fuerza motriz.
Adelantó un pie, luego el otro. Luego volvió a adelantar el primero, y reconoció en eso una forma de desplazamiento extrañamente eficiente.
Caminó, con el estómago vacío, hacia una estación de servicio, y así entró en las tierras baldías.
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