- ¿No deberíamos abrirlo?
Jack parecía preocupado. Seguramente le molestaba el hecho de que el único amigo que le quedaba sobre la Tierra se estuviese derramando sobre el suelo de mármol.
- Si no lo hubiéramos abierto, ahora Tigo no te mojaría los calcetines.
No podía negar que eso era cierto.
- Me refería a la pócima del contrahechizo.
- Hay que hacérsela beber.
Eso también era cierto, además de tremendamente complicado.
- ¿Dónde está la boca?
- Unos centímetros encima de la faringe.
- Pero...
- O unos centímetros debajo de los ojos, como prefieras.
Lo miró. Estaba sonriendo, y parecía de tan buen humor como aquella vez que quemó la habitación de Ravenclaw con una pareja dentro.
- ¿No te importa que se haya convertido en un charco en el suelo de la habitación?
- A quien le toque fregar, lo va a tener jodido.
Se abrió la puerta. Nimué, con su vestido de verano (en realidad, estaban en primavera, pero una ola de calor -que, podríamos especular, estaba causada por la radiación mágica- había asaltado la comarca, y el colegio no tenía fondos para el aire acondicionado), entró en la habitación, iluminando el rostro de sus dos ocupantes.
- ¿Sabes...? -comenzó diciendo Tomás- El reflejo de tus... esto... piernas, sobre el cuerpo del probablemente difunto (y seguro que licuado) Tigo, te favorece bastante.
- Desde... luego -convino Jack.
Saltó por encima del charco para abrazarlos a los dos. En el charco se había formado una especei de O donde el agua parecía no haber llegado.
"Así que eso debe ser la boca", pensó Tomás, justo antes de resbalarse y caerse por tercera vez en lo que llevamos de historia.
"Esto va a ser neuronal", se decía para sí, mientras Nimué se agachaba para preocuparse mejor por él.
"Cocos", pensó.
- ¿Qué día es hoy?
- Lunes, ¿por qué?
- Me encantan los lunes -y se desmayó.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario