Cuando descubres que toda la civilización se ha evaporado, que el tendido eléctrico ya no existe y que las paredes de las casas, hospitales y escuelas se han derrumbado puedes pararte a hacer dos cosas. Una de ellas es desesperarte y volverte loco, suicidarte y acabar con todo, porque la vida ya no tiene sentido si cambia tanto. Otra de ellas es intentar seguir adelante, ignorando las adversidades y conseguir que todo se vuelva a recuperar.
De lo que la gente no habla es de la sensación de libertad que da el Apocalipsis. Saber que, tanto si mueres como si vives, o si fracasas o triunfas, a la civilización no le importará nada. Es igual, no quedan periodistas que puedan contar tus andanzas. Así que siéntate en el asfalto, escupe en la calle; ningún policía te dirá nada.
Tómate tu tiempo, además. Hasta que el hambre haga sonar tus tripas aún faltan unas horas, no te preocupes por eso. Cautívate de la magnitud del desastre y niégate a creer que algo así haya sucedido. Recuerda a tu familia -vuelve a casa a las nueve en punto- y mira el reloj: son las diez.
Puedes meditar también sobre el Destino, ese crisol que convierte las buenas intenciones en actos tremendamente idiotas y con consecuencias funestas. El mundo acaba de girarse sobre sí mismo y aplastar a todos tus seres queridos, y te ha dejado vivo a ti, y sólo a ti: puedes preguntarte también el porqué de esto.
Hazlo, de todas formas, pero no lo encontrarás. Y cuando no lo halles, te levantarás tambaleante y caminarás por lo que fue tu ciudad y pronto, por inercia, te encontrarás observando el cráter humeante donde estaba la casa de algún ser querido, aunque sólo sea para confirmar lo que a estas alturas ya das por sentado.
Y si has presenciado la destrucción de la raza humana y el fin del mundo, el Juicio Final y el Segundo Advenimiento sin derramar una sola lágrima y desesperarte, ahora lo harás. De todas formas ya no hay nadie que te pueda ver llorar, ni una reputación que mantener, ni nada por lo que fingir.
Probablemente has pasado tu vida preocupándote por nimiedades y pensando que no había nada lo suficientemente importante como para que no fueses un completo desgraciado. Seguramente también ya ni te acuerdes de la mayoría de gestos cariñosos que ha tenido la gente contigo, y ya habrás decidido que recordar los que tús has tenido con la gente es inútil y, por tanto, puedes emplear tu materia gris para otros menesteres. No estás seguro de cuáles, pero algo te dice que pronto necesitarás encontrar algo que comer. Sabes que pronto descubrirás que las cosas que te preocupaban antes no tendrán punto de comparación con lo que se te viene encima. Y si no, bueno, ya es hora de que lo sepas.
Y en ese momento, erguido frente a la casa del ser amado y pensando en comer como algo lejano en el horizonte, te das cuenta de que algunas de las cosas de lo que ahora aprenderás a llamar tu otra vida sí que eran importantes -ella lo era.
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Vaya, veo que lo has continuado... De verdad, me gusta mucho, y se nota un cambio en la narrativa. Es un poco menos irónico que de costumbre, creo, más triste. En fin, tengo ganas de saber como se las apaña tu superviviente, así que deberías continuarlo!
ResponderEliminarQuizá, sería mejor que lo continuásemos ambos xD
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