El mar guarda los restos del Pequod, y su demente tripulación yace en las frías aguas de algún lugar en el Pacífico. Ahab consiguió, con su empecinada demencia hacia Moby Dick, enviarlos a todos a un infierno azul y frío como el Noveno Círculo de Dante.
Dicen que quien la sigue la consigue, pero al parecer una vez la has conseguido te rebana el cuello. Si todo fuese tan sencillo como una noche en vela, en la cual sólo cuenta tu propio aguante, el mundo sería un lugar mucho mejor donde vivir. Pero como no estamos solos y, además, necesitamos algo de humana compañía para no sentirnos barcos a la deriva perdidos en un mar de brumas grisáceas, el mundo sólo se torna deseable como un lugar en el que morir.
Ahab quería acabar con esa ballena, y enloqueció de odio lo suficiente como para perseguirla a costa de su vida y la de sus hombres; un precioso relato épico con el que Herman Melville nos habla de lo malo que es empecinarse en la venganza.
Ahora bien, obsesionarse en amar a alguien es igualmente malvado y retorcido, y no hay brebaje lo suficientemente potente, o riqueza lo suficientemente grande o paliativo tan sumamente placentero que pueda alejarte de esa obsesión. La diferencia es que ésta, cimentada en buenos propósitos, suele llevar a la completa destrucción y que la otra, asentada sobre el fangoso odio del cual todos somos presa, y al contrario de lo que opine Melville, suele terminar de forma bastante más satisfactoria.