jueves, 27 de agosto de 2009

La muerte de Moby Dick

El mar guarda los restos del Pequod, y su demente tripulación yace en las frías aguas de algún lugar en el Pacífico. Ahab consiguió, con su empecinada demencia hacia Moby Dick, enviarlos a todos a un infierno azul y frío como el Noveno Círculo de Dante.

Dicen que quien la sigue la consigue, pero al parecer una vez la has conseguido te rebana el cuello. Si todo fuese tan sencillo como una noche en vela, en la cual sólo cuenta tu propio aguante, el mundo sería un lugar mucho mejor donde vivir. Pero como no estamos solos y, además, necesitamos algo de humana compañía para no sentirnos barcos a la deriva perdidos en un mar de brumas grisáceas, el mundo sólo se torna deseable como un lugar en el que morir.

Ahab quería acabar con esa ballena, y enloqueció de odio lo suficiente como para perseguirla a costa de su vida y la de sus hombres; un precioso relato épico con el que Herman Melville nos habla de lo malo que es empecinarse en la venganza.

Ahora bien, obsesionarse en amar a alguien es igualmente malvado y retorcido, y no hay brebaje lo suficientemente potente, o riqueza lo suficientemente grande o paliativo tan sumamente placentero que pueda alejarte de esa obsesión. La diferencia es que ésta, cimentada en buenos propósitos, suele llevar a la completa destrucción y que la otra, asentada sobre el fangoso odio del cual todos somos presa, y al contrario de lo que opine Melville, suele terminar de forma bastante más satisfactoria.

sábado, 15 de agosto de 2009

Apo, apo, apo... sapo

Cuando descubres que toda la civilización se ha evaporado, que el tendido eléctrico ya no existe y que las paredes de las casas, hospitales y escuelas se han derrumbado puedes pararte a hacer dos cosas. Una de ellas es desesperarte y volverte loco, suicidarte y acabar con todo, porque la vida ya no tiene sentido si cambia tanto. Otra de ellas es intentar seguir adelante, ignorando las adversidades y conseguir que todo se vuelva a recuperar.
De lo que la gente no habla es de la sensación de libertad que da el Apocalipsis. Saber que, tanto si mueres como si vives, o si fracasas o triunfas, a la civilización no le importará nada. Es igual, no quedan periodistas que puedan contar tus andanzas. Así que siéntate en el asfalto, escupe en la calle; ningún policía te dirá nada.
Tómate tu tiempo, además. Hasta que el hambre haga sonar tus tripas aún faltan unas horas, no te preocupes por eso. Cautívate de la magnitud del desastre y niégate a creer que algo así haya sucedido. Recuerda a tu familia -vuelve a casa a las nueve en punto- y mira el reloj: son las diez.
Puedes meditar también sobre el Destino, ese crisol que convierte las buenas intenciones en actos tremendamente idiotas y con consecuencias funestas. El mundo acaba de girarse sobre sí mismo y aplastar a todos tus seres queridos, y te ha dejado vivo a ti, y sólo a ti: puedes preguntarte también el porqué de esto.
Hazlo, de todas formas, pero no lo encontrarás. Y cuando no lo halles, te levantarás tambaleante y caminarás por lo que fue tu ciudad y pronto, por inercia, te encontrarás observando el cráter humeante donde estaba la casa de algún ser querido, aunque sólo sea para confirmar lo que a estas alturas ya das por sentado.
Y si has presenciado la destrucción de la raza humana y el fin del mundo, el Juicio Final y el Segundo Advenimiento sin derramar una sola lágrima y desesperarte, ahora lo harás. De todas formas ya no hay nadie que te pueda ver llorar, ni una reputación que mantener, ni nada por lo que fingir.
Probablemente has pasado tu vida preocupándote por nimiedades y pensando que no había nada lo suficientemente importante como para que no fueses un completo desgraciado. Seguramente también ya ni te acuerdes de la mayoría de gestos cariñosos que ha tenido la gente contigo, y ya habrás decidido que recordar los que tús has tenido con la gente es inútil y, por tanto, puedes emplear tu materia gris para otros menesteres. No estás seguro de cuáles, pero algo te dice que pronto necesitarás encontrar algo que comer. Sabes que pronto descubrirás que las cosas que te preocupaban antes no tendrán punto de comparación con lo que se te viene encima. Y si no, bueno, ya es hora de que lo sepas.
Y en ese momento, erguido frente a la casa del ser amado y pensando en comer como algo lejano en el horizonte, te das cuenta de que algunas de las cosas de lo que ahora aprenderás a llamar tu otra vida sí que eran importantes -ella lo era.

sábado, 8 de agosto de 2009

Esa cruel existencia II

Y qué me dices de la muerte. Que es negra como el carbón y cruel como la vida, que todo se lo lleva sin preguntar. Y la vida tampoco nos dio la oportunidad de elegir. Algunos de nosotros estábamos mejor quietos y callados en la eternidad, y fuimos arrojados a la existencia en contra de nuestra voluntad. ¡Y qué difícil es luego irse! Hasta el suicida se lo piensa dos veces antes de saltar. Por que la vida es tan extraña que nunca sabrás si hay algo mejor, y te vas con la inquietud de no saber si la echarás de menos.

viernes, 7 de agosto de 2009

I don't like Mondays (fragmentos de El último gay de Escocia)

- ¿No deberíamos abrirlo?
Jack parecía preocupado. Seguramente le molestaba el hecho de que el único amigo que le quedaba sobre la Tierra se estuviese derramando sobre el suelo de mármol.
- Si no lo hubiéramos abierto, ahora Tigo no te mojaría los calcetines.
No podía negar que eso era cierto.
- Me refería a la pócima del contrahechizo.
- Hay que hacérsela beber.
Eso también era cierto, además de tremendamente complicado.
- ¿Dónde está la boca?
- Unos centímetros encima de la faringe.
- Pero...
- O unos centímetros debajo de los ojos, como prefieras.
Lo miró. Estaba sonriendo, y parecía de tan buen humor como aquella vez que quemó la habitación de Ravenclaw con una pareja dentro.
- ¿No te importa que se haya convertido en un charco en el suelo de la habitación?
- A quien le toque fregar, lo va a tener jodido.
Se abrió la puerta. Nimué, con su vestido de verano (en realidad, estaban en primavera, pero una ola de calor -que, podríamos especular, estaba causada por la radiación mágica- había asaltado la comarca, y el colegio no tenía fondos para el aire acondicionado), entró en la habitación, iluminando el rostro de sus dos ocupantes.
- ¿Sabes...? -comenzó diciendo Tomás- El reflejo de tus... esto... piernas, sobre el cuerpo del probablemente difunto (y seguro que licuado) Tigo, te favorece bastante.
- Desde... luego -convino Jack.
Saltó por encima del charco para abrazarlos a los dos. En el charco se había formado una especei de O donde el agua parecía no haber llegado.
"Así que eso debe ser la boca", pensó Tomás, justo antes de resbalarse y caerse por tercera vez en lo que llevamos de historia.
"Esto va a ser neuronal", se decía para sí, mientras Nimué se agachaba para preocuparse mejor por él.
"Cocos", pensó.
- ¿Qué día es hoy?
- Lunes, ¿por qué?
- Me encantan los lunes -y se desmayó.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Magia Potagia

Corría el año mil quinientos y un eclipse solar asombraba a todo cuanto humano pasaba por debajo. Algunos pensaban que era un Dios enfadado empezando el Apocalipsis; otros deducían que era cosa de brujería, y solo algunos sabían la verdad verdadera de la traslación y la rotación, pero esos últimos se callaban para no spoilear a años de investigación científica. En una paradita se vendían como rosquillas ejemplares de la nueva obra de Salem Salamaki “Qué hacer si se acaba el mundo”, a un precio especial de ocho corines. Al vendedor se le caía la baba y le importaba bastante poco si el mundo se acababa o no porque él, ya era rico, y siempre es mejor morir con dinero que sin él.
En ése momento, Helena Dalton se preguntaba qué túnica ponerse. Su armario era como una batalla de tela arrugada y llena de hormigas ya que hacía una semana se le había olvidado una piruleta en el bolsillo. Al final le dio asco hurgar más en aquel mundo de insectos y asaltó la habitación contigua para robarle unos pantalones y una camiseta a su hermano mayor Robert.
- Putos modistas! –exclamó la joven al sentirse tan tremendamente cómoda en ese conjuto -. Quién fuera hombre para siempre vestir así!
Y tan contenta salió a la calle para contemplar mejor el místico acontecimiento que estaba sucediendo.
Poco esperaba que en los siguientes minutos una pandilla de aprendices de hechiceros franciscanos la iban a unir a su grupo de Hombres Unidos Para Hacer Magia tomándola por un chico.

Esta cruel existencia

I need an answer! Ahh, tú necesitas muchas cosas, pero, ¿alguna vez te has parado a pensar en lo que YO necesito?

Creía entender que el mundo no era más que un techo, una casa de muñecas, una ratonera donde todos estamos encerrados hasta que nuestro cruel dueño decida liberarnos en el jardín. Pero entonces descubrimos que ni había dueño, ni había jaula, ni había nada, que es la existencia que es así, incomprensible y débil como una hoja de pino pisada por una apisonadora. Al comprender eso, queridos amigos, podemos hacer varias cosas.

Podemos llorar, como lo hacen las amas de casa pelando cebollas al ver que no hay más mundo tras la cocina.

Podemos gritar como lo hacen los cantantes heavy metal o de screamo al mirarse al espejo y pensar que es injusto que la belleza sea un bien escaso.

Podemos denunciar al mundo y a la vida por no respetar derechos humanos; podemos pegarle o abatirlo a tiros como un nazi frente algo que le desagrda, pero lo peor, es que hagamos lo que hagamos él seguirá igual de contento que antes y comprobaremos que todos nuestros esfuerzos han sido inútiles.

San Pedro in the Sky with Diamonds

San Pedro, detrás de un montón de papeles atrasados, le dedicó el tipo de mirada que sólo alguien que lleva toda la eternidad realizando una tarea que ya al principio le parecía burda y repetitiva y que ha descubierto que los años no le ofrecían un nuevo punto de vista sabría dedicar.
- Ya le he dicho -dijo de forma brusca- que usted no ha hecho nada tan bueno como para ganarse el Cielo ni nada tan malo como para condenarse al Infierno.
Como no era una respuesta que, en el fondo, diese demasiada información, Arthur volvió a preguntar.
- Y ahora, ¿qué? ¿al Limbo?
- Normalmente, así sería. Pero mi nuevo sucesor ha dicho que no existe, por lo que...
- ¿Qué?
- Puede escoger entre entrar al Cielo o al Infierno -dijo, como si la cuestión requiriese pensar demasiado.
Como a nadie le gusta estar solo, escogió la segunda opción.
Cuando el Infierno se materializó delante suya, lo hizo de una forma estruendosa y cara, que de haber sido suprimida podría haber alimentado a todo el Tercer Mundo durante lo que queda hasta el día del Juicio.
Lo hizo de la forma más horrible y despiadada que algún ser con dos dedos de frente podría haber imaginado.
Todo seguía igual.
Era una sensación desconcertante, los ríos de lava parecían haberse convertido en una autopista de ocho carriles alrededor de la cual habían proliferado las estaciones de servicio.
Había muerto allí, en la cuneta. Ahora mismo no recordaba cómo, pero el hecho de haberse materializado en el lugar exacto de su muerte le ofrecía una línea de pensamiento curiosa que seguir.
Una vez terminado el recuento, podía afirmar dos cosas; (a) él se había materializado allí entero, por supuesto. También, por lo que podía recordar, había muerto entero, físicamente hablando.
Y (b) no sabía qué pasaba en caso de no haber muerto entero. Es decir, suponiendo que allí en el Cielo la gente se materializase entera y detrás de unas Puertas de San Pedro convenientemente cerradas, podría entenderse un final lógico para esa gente.
Pero de todas formas, si un terrorista islámico se hacía volar por los aires y (¡diantre!) era condenado al Infierno, ¿cómo demonios iba a materializarse?
Y, aún más importante, ¿ésas eran bolsas de ganchitos?
Se levantó: aún conservaba la fuerza motriz.
Adelantó un pie, luego el otro. Luego volvió a adelantar el primero, y reconoció en eso una forma de desplazamiento extrañamente eficiente.
Caminó, con el estómago vacío, hacia una estación de servicio, y así entró en las tierras baldías.