El cuento de las tijeras.
Es triste que toda tu existencia se reduzca a recortar la de los demás. En un mundo de objetos más o menos útiles, las tijeras eran tremendamente necesarias.
Era curioso, porque ellas no se hubieran considerado, en ningún caso, algo que la gente tuviese en cuenta. Solía ser, de hecho, un nombramiento más bien ocasional de la guisa de: "Maldito Abre-Fácil. Ya te daré yo Abre-Fácil.", y lo que seguía era una orgía de crujidos y cosas rotas.
Pero un día conoció a las tijeras de un estudiante de artes, que hacían cosas bonitas y curiosas.
"Malditas snobs", se dijo. En fin, alguien tenía que hacerlo.
Además, ya lo dicen. Mejor tijera que colador.
El cuento del tubito de pintura seca.
Había sido, en una vida anterior, el botecito de pintura de algún artista. Digo botecito porque bote suena a algo sólido, y aunque la pintura esté seca, nadie me hará creer que eso lo parece.
Ahora, sin embargo, era el objeto sobre el cual deberíamos escribir de forma rápida e improvisada.
Dios, pero míralo, es como el recipiente de dentífrico de un hotel.
En fin, dejaré de anortar pensamientos sin sentido y escribiré. Pero es que, coño, es un puñetero bote.
Veamos.
"Un día, Bote se levantó y fue exprimido por... ¿Isabel Coixet?".
Tiempo.
El cuento del amasijo de tuberías irreconocible.
"Sombras chinas. Si esto fuesen sombras chinas, sería una especie de Mickey Mouse.
No son sombras chinas.
Aunque, bien pensado, si brillasen, serían como tubos de neón.
Tampoco brillan."
Y las sombras chinas contemplaron a los tubos de neón saludarlas desde la otra acera. Porque donde uno brilla, todo está en tinieblas. Y donde todo brilla...
(El cuento del casete y el cuadro del jabalí no los pondré porque no me gustan nada.)
El cuento del viejo timbre de bicicleta.
Dicen que la Tierra es una esfera achatada por los polos. Bien, eso lo era, pero no era la Tierra... aunque competía con ella por el puesto de cosa con más mierda del Universo.
Aquel timbre había visto mucha vida. Quizá incluso había hecho evolucionar alguna.
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